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miércoles, 27 de diciembre de 2023

UN DÍA CUALQUIERA

 

El genocidio siempre será algo inhumano e inaceptable.

Suena el despertador. Le duele cada centímetro del cuerpo y se siente abatido físicamente, con una rigidez generalizada, aturdido y tiene la sensación de no haber pegado ojo. Al salir de la cama el cambio de temperatura le desencadena uno de los episodios clásicos de picores de piel y junto a ello, más rigidez y más cansancio.

 

Al subir las persianas vislumbra el amanecer de un día que promete ser radiante. Abre la puerta del balcón, otea los tejados y huele el ambiente. No observa chimeneas encendidas y tampoco percibe humo en el aire. Normal, son todavía las 6 de la mañana. Podrá mantener las ventanas abiertas unos treinta o sesenta minutos antes de que la gente comience a encender las chimeneas. Es el único momento del día en el que le es factible airear la casa. Mientras ventila su hogar, mantiene la nariz alerta y ante la más mínima señal de olor o visión de columna de humo, procederá a cerrar rápidamente las ventanas y conectar los purificadores de aire.

 

Una vez resuelta esta primera tarea del día, el ritual antes de desayunar pasa por ejecutar la tabla de ejercicios de elasticidad destinados a las lesiones (rodilla, fascitis plantar, tendinitis del supraespinoso, roturas de discos vertebrales, etc.) que se le han ido acumulando y complicando desde el inicio de las manifestaciones más graves de sus patologías de base. Comenzar con los estiramientos es tortuoso hasta que el cuerpo se va calentando y entra en razón. Tras acabar la rutina se siente mejor, aunque extenuado. Ahora toca un buen desayuno. Se lo merece.

 

Finalizado el desayuno, dolor en el lavabo. No hace falta entrar en detalles.

 

Acto seguido le toca el turno al tratamiento para mantener a raya la blefaritis y la meibomitis. Antes de salir a la calle y proceder a dar la excursión matutina, se esfuerza por cambiar la cara de dolor y malestar por una máscara ficticia de normalidad. A la gente no le gusta que las personas con signos de estar sufriendo les afeen la vista y el alma. Las rechazan.

 

Sale por la puerta y piensa que cualquier pesadumbre da igual porqué la belleza de la primavera lo monopoliza todo. El campo está precioso. La vida se encuentra en su plenitud, sea en la tierra, el aire o el agua. Cómo cada día, le cuesta andar. El dolor y la rigidez muscular son una carga y hasta un robot se movería con más soltura. Le aburre corregir la postura corporal continuamente para lidiar con la intolerancia ortostática, las diferentes lesiones y las inflamaciones que le han tocado esta semana. No obstante, sigue adelante. Al cabo de unos minutos de caminar, una vez caliente, la cosa pinta mejor. Tras la lluvia de la noche el ambiente está muy limpio y se siente con energía. Nota esa rara sensación para él de cierta normalidad que le ilusiona cuando aparece.

 

Avanzan sus pasos entre golondrinas, bisbitas comunes, vencejos, y tantas y tantas aves en vuelo activo hacía el norte, luchando espartanamente contra los depredadores, las adversidades climáticas, los parques eólicos y otros artefactos humanos que matan, el hambre, la sed y la extenuación física por llegar a su lugar de reproducción, siguiendo la orden hormonal, con el fin de transmitir la mitad de su carga genética a los descendientes. Son poco más que vehículos en la transmisión de genes, pero tan exultantes de vida y belleza que engranan a la perfección en el paisaje y contribuyen a que sea ese todo que experimenta él en esos momentos a través de sus sentidos.

 

Él está inmerso en esos pensamientos cuando, de repente, el cuerpo empieza a fallarle. Sin ninguna causa aparente el arrebato de energía desaparece y vuelve el abatimiento físico. Parece que cargue con una mochila enorme, tal y como si estuviera a 4000 metros de altura. Cada paso es tan lento y pesado que solamente tiene la certeza de que nadie tira de él hacía atrás con una cuerda elástica por qué sabe que no está loco. Sólo han pasado unas tres horas desde que se levantó de la cama.

 

Por mucho que en ocasiones sucumba al autoengaño optimista es consciente de que su cuerpo no tiene más autonomía que para un paseo de dos o tres horas, parando, evitando realizar un ejercicio aeróbico mantenido de más de 20 o 30 minutos. Mantener el ritmo más de 30 minutos ha sido un error, lo sabe, pero sentía una normalidad en la respuesta física. Nunca llegará a aceptar por completo sus limitaciones ¿Quién es capaz de aceptar que habiendo sido una persona hiperactiva y deportista de la noche a la mañana se pase a esta situación irreversible? No se pueden aceptar cosas así con 20, 30, 40 o 50 años…intenta imaginarse cómo se debe sentir un niño o un adolescente con estos problemas; sabe que los hay. Eso es aún peor.

 

Ahora le queda la penosa tarea de volver a casa sufriendo minuto a minuto la falta de energía y la extenuación. De camino se encuentra con olores inesperados en el sendero: colonia, detergentes y suavizantes industriales. Es fin de semana y los típicos turistas de ciudad acuden en masa con sus malas costumbres a los pueblos de montaña ¿Existe algo más estúpido que rociarse de colonia antes de practicar senderismo en un paisaje inmaculado? En el momento en que gira en una curva, entre los claros de la masa forestal, divisa a unas decenas de metros unos colores chillones artificiales que le indican la posición de los culpables. Han dejado el aire impregnado de esas sustancias que le hacen enfermar a lo largo de todo el sendero y no sopla el aire. Tardará en limpiarse el ambiente, de forma que decide pararse abandonando el camino, lejos de esas mierdas, en la espesura del bosque, y esperar a que bufe la brisa y se disipen los olores que contaminan y enferman. No tiene prisa y tampoco el cuerpo le deja tenerla.

 

Al cabo de un buen rato, reanuda el camino y llega a las afueras del pueblo. Una vez allí, percibe un olor familiar particularmente detestado. Busca con la vista en una dirección determinada y ve ropa colgada en el balcón de unos vecinos que lavan con abundante suavizante. Se trata de uno de esos suavizantes intensos que penetra en su cuerpo y le pone enfermo al momento. Le marea olerlo, le pican los ojos, le sube una tensión por la parte superior del cuello hasta la cabeza que le deja aún más cansado, aturdido y de mal cuerpo, y la garganta se le irrita. A 200 metros ya huele la pesadilla porqué la dirección del viento la trae directo hasta él. Decide huir, dar la vuelta, evitar pasar por ese lugar y entrar en su calle desde otro extremo, rodeando el pueblo.

 

Mientras hace este camino se va encontrando con algún que otro vecino. A veces hasta mendiga conversación y con tal de no acabar loco se sacrifica exponiéndose unos minutos al suavizante o jabón menos intenso y nocivo de otras personas, a pesar de que ello signifique tener que aguantar algunos síntomas…aunque más llevaderos, menos traumáticos, más soportables que el suavizante fuerte, los ambientadores o las colonias. Le cuesta pensar y articular lo que dice…pero por no parecer descortés y antipático, intenta recomponerse y hablar con una mínima normalidad con varios conocidos del pueblo. Le es agotador seguir una conversación durante media hora con varias personas a la vez por la lentitud y la falta de agilidad mental, y se queda bloqueado, fuera de la conversación. Además, las ojeras y la cara de encontrarse mal, de abatimiento, de vencido físicamente, no se pueden disimular por mucho que uno lo intente. Y ¿Qué sentido tiene gastar el tiempo en explicarles lo que le ocurre si ya lo ha hecho tantas veces a lo largo de los años? La gente reacciona mal ante una persona con estos síntomas. Les es más cómodo pensar que la persona se encuentra mal de ánimos, que es rara o tiene un problema mental, que la culpa es suya. Suelen objetar que a ellos también les duele el cuerpo y que todo el mundo tiene problemas de salud, etc. Ellos desconocen lo que significa tener el cúmulo de síntomas, el haber olvidado lo que es encontrarse bien, sentir la glotis cerrándose en segundos ante la exposición a una fragancia artificial u otros aditivos nocivos y tener que salir por patas antes de quedarse sin poder tragar y respirar. Se niegan a entender la magnitud del problema.

 

Es más fácil pensar que la otra persona es un quejica, un vago, un cuentista, que tiene problemas de sociabilización y otras tantas autojustificaciones falsas con las que lavar su conciencia o explicarse aquello que no han querido comprender o intentar comprender.

 

La parte positiva de su vida ahora es que al menos la gente del pueblo, eso sí, no suele ponerse colonia y pocos son los que usan suavizantes y detergentes de olor radioactivo. Tampoco las tiendas usan el maldito ambientador o productos de limpieza con fragancias inmundamente insoportables. Por supuesto, el pueblo es un lugar saludable en comparación con su ciudad de origen donde la contaminación motivada por el tránsito rodado y por la industria química le hacían inviable la vida. Residir en el pueblo ha sido un verdadero salto cualitativo y cuantitativo respecto a la ciudad en la que vivía antes de enfermar tanto, cuando todavía podía vivir con plenitud y trabajar. Además, la gente en la ciudad suele tener la misma falta de empatía y comprensión hacía sus enfermedades e incluso los que le conocían bien antes de estar así se comportan de esta forma. Al final, se vaya donde se vaya, los humanos guardamos mucho parecido con las gallinas. Tenemos su síndrome. Ves una gallina con una diminuta herida en un corral y en poco tiempo la irán rodeando sus compañeras para picotearle una tras otra certeramente ese punto sanguinolento hasta convertirlo en un cráter. La solidaridad es una mentira.

 

Al pasar por la plaza del pueblo recuerda que no tiene pan y le viene de paso comprarlo allí, en la panadería habitual. Lo peor es que hay cola (es fin de semana) con turistas de ciudad embadurnados de colonia y suavizantes. El panadero, al verle y conocer su problema, sale de la panadería y le da el pan de medio que siempre compra. Una verdadera ayuda en el camino.

 

Pero dicen que el diablo está en los detalles...a nuestro protagonista le entra picor en la cara y se la toca con la mano. Inmediatamente, siente picor en los párpados y se los rasca con suavidad, y aparece un escozor y dolor intenso en los ojos. Es entonces cuando entiende que sus dedos se han impregnado de la colonia adherida en la bolsa de papel del pan y al frotarse los ojos se ha provocado una reacción. Acaba de cometer una estupidez. Sabe que sufrirá otro derrame ocular, que la blefaritis-meibomitis se le activará y hasta puede que le salga un chalazión…todo ello le obligará a vigilar aún más que nada dañe sus ojos durante los próximos días, sea viento, polvo, humo de las chimeneas o cualquier otro agente externo, hasta recuperarse.

 

Aprieta el paso y sigue con el regreso a casa para lavarse las manos, la cara y los ojos. En unos minutos se encuentra a pocos metros de la puerta ¡Maldición! . Exclama para sus adentros y acelera con las últimas energías; una de las pocas vecinas que usan una colonia tan fuerte que impregna la calle a lo largo y ancho está en el patio. No le hace falta verla porqué el olor por sí solo delata su presencia. Lo peor son esos momentos en los que se cruza con ella porqué es una mujer mayor que le cae bien y se pone a hablar lo que puede con ella, pero en esas circunstancias no sabe en qué rincón ponerse con tal de que no le lleguen los compuestos volátiles nocivos de su colonia que lo invaden todo y le destruyen. Ella conoce su problema de salud, aunque, lógicamente, él por educación nunca le ha dicho que no tolera su colonia. Sus conversaciones con ella son efímeras y poco más puede hacer.

 

Por si fuera poco, además, hoy es fin de semana, ya lo dije antes. Una chimenea de una segunda residencia encendida en las cercanías expulsa un humo denso y negro que le deja fatal. El humo se estanca en las calles estrechas y encajonadas por los edificios del barrio viejo del pueblo. Por fin, abre la puerta de su casa y cierra rápidamente, intentando que no entren en su casa las sustancias tóxicas de la colonia y el humo. Conecta inmediatamente los purificadores de aire. Extrae el pan de la bolsa de pan y lo huele con la intención de comprobar que no se haya contaminado con la colonia porqué de lo contrario no se lo podrá comer. Afortunadamente, el pan no huele a veneno y lo deposita en una bolsa de tela. Tira la bolsa de papel a la basura y la cierra herméticamente. Se lava la cara y los ojos a conciencia y los examina. Esta vez ha tenido suerte y solo se trata de un leve derrame ocular. Pese a ello, sus ojos y los párpados están enrojecidos y se han inflamado. Aún no sabe si acabará saliéndole algún chalazión que es lo que más le preocupa en esos momentos. Por si acaso, se aplica el antifaz caliente para chalaziones durante diez minutos.

 

Una vez acaba con el antifaz, se descalza, se saca los calcetines y los pone a secar junto a las botas de montaña. Es una de las formas de controlar los hongos y otras afecciones de piel que se suman al resto de problemas crónicos. No es cómo los demás ni es cómo era él antes. Ahora es otro. Es demasiado débil y reactivo ante los agentes externos y el estrés fisiológico. Su piel y su cuerpo reaccionan con exposiciones al sol que son normales para la gran mayoría de personas. Igual le ocurre con el agua, el frio, el calor, el ejercicio físico sea aeróbico o no, los cambios de temperatura y con multitud de sustancias (se encuentren en género textil, pomadas, adhesivo de las tiritas, medicamentos, etc.). Su precaria situación le obliga a llevar una disciplina férrea. De lo contrario, un problema en principio menor se complica gravemente en poco tiempo. A ti que estás leyendo, igual que a otros, te parece extraño. No entiendes nada. Lo asumo, a mí me pasaba igual; es más fácil no creérselo y pensar que son exageraciones.

 

Dan las 12 del mediodía y nuestro personaje está haciendo la comida. Es costumbre que rompa algún plato o vaso, no por pura celebración o ceremonia, sino debido al aturdimiento, a la falta de coordinación visomotora y al deterioro neurocognitivo. En su casa olvidaron lo que es un juego de vajilla doméstica intacto. La rigidez corporal y los pinchazos en los hombros, la espalda y las rodillas le complican la vida al coger ollas o sartenes llenas y eso que después del paseo siente menos dolor. Aun así, prepara la comida y la cena cada día. Es una forma de darle sentido a su existencia. Todavía sirve algo.

 

Más tarde, mientras come con su pareja, ve en la tele la entrevista que le hacen a un ciudadano con una discapacidad física visible, con un grado importante de limitación. Acabó en una silla de ruedas debido a un accidente de tráfico. Es una persona muy positiva y fuerte, un ejemplo de superación. Viaja por todo el mundo en avión, o cómo sea, y no deja que su limitación le impida hacer casi de todo, a pesar de que vivimos en una sociedad que todavía no se ha adaptado a los problemas de movilidad que sufre parte de la ciudadanía. Sólo hay que echar un vistazo a las aceras o incluso a los aparcamientos de coches destinados específicamente a personas con este problema, demasiadas veces ocupados por canallas que no sufren ninguna dolencia física incapacitante más allá de la falta de humanidad y civismo.

 

La entrevista de la tele da pie a que conversando con su pareja aterricen en su ombligo. Comparan la situación de un enfermo cómo él con la de cualquier otro enfermo. Nuestro personaje no padece una movilidad reducida físicamente visible y notoria. Paradójicamente, su libertad de movimiento está mucho más restringida. No hay color. Es un exiliado ambiental y vive excluido de la sociedad en cualquier ámbito. A él la sociedad le impide vivir en sociedad, le niega la sociabilización. Una persona discapacitada está amparada por diferentes ordenamientos jurídicos específicos. Es decir, el colectivo al que pertenece cuenta con una ley hecha a su medida, mejorable, pero destinada a ese grupo de personas. A enfermos cómo el que protagoniza la narración de este post la ley simplemente no los considera. Viven permanentemente hasta el fin de sus días con los derechos sesgados, hasta la raíz más profunda, aislados y desamparados.

 

Tras comer, revisa el correo electrónico y comprueba que no tiene mensajes, lo cual es habitual. La vida social desapareció radicalmente poco a poco, aunque sin pausa, tiempo después de recibir su diagnóstico, paulatinamente, hasta alcanzar la mínima expresión. Lentamente, todos fueron desapareciendo de su vida por la puerta de atrás. No se siente mal por ello puesto que es lo que suele pasarle a los que malviven por estas enfermedades. La culpa no es de los enfermos. Simplemente, dejan de ser útiles para otras personas, sean compañeros de trabajo, amigos, colegas o hasta familia y nadie repara en ellos. Se vuelven invisibles, inmateriales y absolutamente prescindibles. La integración en la sociedad humana se reduce a eso, a ser o no ser útil. Es una gran verdad de la vida que no se aprende hasta enfermar gravemente. Lo comprende hasta cierto punto y, sin embargo, le duele sentir esa soledad permanente que no se acaba nunca porqué la soledad impuesta es de los peores castigos que existen. Sin embargo, pese a todo, jamás se sentirá culpable de una cosa que no está en su mano cambiar.

 

Se agarra a su inquietud, a la curiosidad que le ha acompañado a lo largo de su vida. Es una herramienta con la que combatir la soledad y estimular la mente. En realidad, en cierta manera, él ha acabado viendo que es una ventaja el no tener que leer ni contestar muchos correos. Ahora gestiona ese tiempo de otra manera, invirtiéndolo en la lectura de un artículo científico o buscando información sobre un músico, o cualquier otra cosa que le interese en esos momentos. Le vuelan un par de horas de la tarde enfrascado en la lectura, aunque, por supuesto, se ve obligado a parar cada 20 o 30 minutos debido a que su capacidad de concentración no da para más. No obstante, esta tarde es diferente a otras. Mientras se entrega a la lectura va notando que su barriga comienza a estar inflamada de verdad. Se pregunta el por qué y analiza lo que ha comido durante el mediodía. Se trataba de ingredientes que tolera normalmente ¿Qué ha cambiado entonces? ¿Qué ha podido ser? De repente, recuerda que, si, la pasta era ecológica, pero no de la marca de siempre. Seguramente ese es el motivo. Ha aprendido a base de error y acierto que su cuerpo no tolera el arroz y la pasta convencionales producidos mediante la utilización de fuertes plaguicidas. Es más, sabe que no todos los arroces y pastas ecológicas le sientan bien. Con el tiempo ha encontrado unas marcas de agricultura ecológica que considera seguras puesto que al menos no le causan problemas intestinales a partir de pocos minutos después de consumirlas.

 

Bueno, al menos ahora conoce los alimentos que le sientan bien y los que no. No está perdido cómo al principio, hace cuatro años atrás. En aquel entonces siempre se encontraba fatal del intestino y no sabía discernir de entre todos los ingredientes cuales podrían ser los culpables. Nadie le aconsejó ni le orientó. Tan solo le pusieron la etiqueta de colon irritable. Adquirir ese conocimiento sobre su propio cuerpo representó un trabajo de más de un año, a base de ir reduciendo la dieta al mínimo e introducir uno a uno los ingredientes. Ensayo y error, ensayo y error…y el error lo pagaba con creces en la taza del wáter.

 

Entre estos pensamientos que ocupan a nuestro personaje, llega su pareja con la compra y él le suelta − ¡Que suerte tienen los que pueden hacer la compra! No es que me ría de vosotros, lo digo completamente en serio. Entrar en un supermercado con normalidad, pasearse por las estanterías y elegir lo que te apetecerá comer esa semana; ver a un conocido que hacía tiempo no te encontrabas, echar unas risas y explicarse la vida. Son placeres cotidianos que se dan por normales. −. −Ya, no sabes lo que te pierdes haciendo la cola y más cuando pillas a alguien que no quieres ver por en medio. −. Le contesta. Los dos sonríen.

 

La verdad es que él no puede entrar en el supermercado ni en ningún establecimiento cargado de tóxicos sin sufrir un empeoramiento importante de los síntomas. Le da mucha rabia porqué la compra es una más de las muchas cargas que tiene que asumir su pareja en solitario, el verdadero pilar que le ha permitido sobrevivir hasta ahora. Ayuda a su pareja con la descarga de las bolsas de la compra y percibe el olor a ambientador, colonia y productos de limpieza ¡Es horrible! Todos los envases hieden a enfermedad desde que los supermercados y tiendas decidieron hacer uso del marketing olfativo instalando ambientadores. Los envases de la carne huelen a un producto espantoso con el que han limpiado los cristales de las neveras. Mientras su pareja extrae uno por uno los productos de las bolsas y los envases, él instala el purificador de aire en la cocina. Su pareja limpia las botellas y otros envases con vinagre de limpieza, un método bastante eficaz con el que eliminar buena parte de esas sustancias nocivas (los compuestos orgánicos volátiles) que desprenden y hacen persistir el hedor enfermizo. Es un trabajo más, una carga física muy pesada que el resto de los ciudadanos no afrontan. Una vez acabada esta tarea, entre los dos guardan los alimentos en la nevera y los armarios y su pareja le dice – He comprado una camiseta de manga larga, pero no es de algodón orgánico y no sé si la soportarás. Si la lavamos para eliminar el apresto, los olores y las sustancias químicas, ya no la podremos descambiar y puede que al no ser de algodón orgánico te provoque igualmente un ataque de picores de piel cada vez que te la pongas.−. Él le responde que es mejor que la devuelva, porqué en caso de que le siente mal, habrán perdido el dinero comprando algo que no se va a poder poner. Prefiere la ropa de calidad que le garantiza la certeza de que no enfermará más al vestirla debido a los aditivos tóxicos que incorpora (determinados tintes sintéticos, etc.).

 

Una vez recogida la compra, los dos se preparan para ir a realizar una prueba de esfuerzo en un centro privado. Le tiene que acompañar su pareja por si acaso sufre una crisis con la exposición a algún producto. Debido a que le denegaron cualquier tipo de incapacidad, demandó a la Seguridad Social y esta prueba será crucial con el fin de acreditar una de las muchas de sus limitaciones físicas a lo largo del proceso judicial. Coge su mascarilla de filtro puesto que entrará en un centro médico al que acude gente con todo tipo de jabones, shampoos, suavizantes, colonias, after-shave, desodorantes y tantos otros productos que su organismo no tolera.

 

Antes de entrar en el centro se acomoda una mascarilla con filtros. El doctor lo conduce a la sala en la que hará la prueba y allí se quita la mascarilla. El doctor conoce su problema y es una persona sensible y empática; ha preparado una sala que no huele a productos tóxicos. Es más, la mascarilla que utilizará para la medición de los parámetros respiratorios durante el transcurso de la prueba de esfuerzo, la ha esterilizado con ozono, sin usar ningún producto higienizante ante el cual pueda reaccionar y activarse una anafilaxia. Al acabar la prueba acude agotado, tambaleándose, a recepción con la mascarilla de filtros ajustada a la cara y su pareja se dispone a pagar el servicio. Extrae los billetes de un sobre de papel sellado y la recepcionista mira a los dos extrañada, por el sobre y por la mascarilla. En nuestra casa parecemos narcotraficantes o políticos, siempre con el dinero en sobres y encima yo con la máscara de los clones de la Guerra de las Galaxias bromea él. La recepcionista se ríe y le pregunta que le pasa. Los dos se lo explican. El problema de fondo es que todo el puto dinero huele a colonias y se ven obligados a guardarlo de esta forma con el fin de que él no enferme más. Haced la prueba con cualquier moneda o billete que os den ¡Apestan todos a enfermedad por partida doble!

 

Cuando nuestra pareja llega a casa son las 19 horas y él ya no es capaz de hacer nada más. Conversar le es casi imposible. Años atrás, con 44 años, antes de enfermar con esta gravedad, a estas horas del día, después de trabajar físicamente 8 horas y pasar toda la tarde en el ordenador atendiendo llamadas, redactando, leyendo documentos técnicos, digitalizando datos, habría hecho la mochila. Si, hubiera hecho la mochila y una vez en la piscina hubiese nadado 2000 metros sin descansar. Más tarde, al llegar a casa cansado de nadar, habría ido a dar un paseo con su perra y después regaría el jardín y se iría a la cama sobre las 12 de la noche para levantarse de nuevo a las 4 o las 5 de la mañana al día siguiente cómo un ciclón.

 

Recordar todo eso ahora apenas le hace daño en comparación con años atrás. Ha sido mucho tiempo, años, aprendiendo aceptar que lo que fue antes no volverá jamás. En tres años su vida pasó a ser el 10-20% de lo que fue. No es cómo si aquella persona de entonces fuera otra ¡Es que es otra persona! Hay tantas cosas que ya no puede hacer:

  • Ir al cine, al bar, a un restaurante, a un concierto, a cualquier actividad social que os podáis imagines.
  • Viajar en avión.
  • Acudir a gimnasio, a la piscina o a la playa.
  • Relacionarse con la gente con un mínimo de normalidad sin sufrir físicamente.
  • E infinidad de actividades o situaciones de un día cualquiera para ti.

Este post basado en un caso real es un ejemplo de día cualquiera que vivirá para siempre nuestro protagonista. Os hablo de una persona enferma de sensibilidad química múltiple, síndrome de fatiga crónica y fibromialgia. Y no es de los peores casos. A otros enfermos el más mínimo contacto con cualquier tóxico (p.ej. un tubo de escape) les desencadena una crisis severa y han tenido que dejar de salir de casa. Hoy en día no son pocos los enfermos cómo él y el número de personas con los síntomas y las patologías referidas sigue escalando preocupantemente hasta haberse convertido en algo común en lugares con un alto grado de contaminación. También los hay en lugares sanos…son ciudadanos que sufrieron exposiciones a ciertos productos durante su trabajo o que se empeñan en utilizar productos cotidianos nocivos que las regulaciones hechas a medida de la industria permiten.

 

Al cabo de unas semanas, nuestro protagonista vuelve a su ciudad de origen por unos días, debido a unas de las múltiples pruebas médicas que le practicarán. Últimamente, no paran de surgirle nuevos problemas de salud y algunos de los viejos empeoran. Por la calle, un antiguo compañero de clase y de fiestas le dice al verlo − ¿Cómo estás? – Le pregunta. Él le responde – Buff, tirando −. Su antiguo colega le dice sorprendido − Pues ¡Tienes buen aspecto! −. Su antiguo compañero tal vez lo diga con la mejor intención del mundo. El problema es que no sabe de lo que está hablando. Tampoco conoce que lo que le acaba de decir, él lo escucha a menudo por parte de otras personas y le repatea. Un enfermo en su situación al escuchar expresiones de esa índole siente que, realmente, lo que le están diciendo es − Eres un cuentista porqué decías que tenías todas estas enfermedades y que estabas fatal cada día, pero salta a la vista que estás perfectamente bien −. Viéndose en tales tesituras se obliga así mismo a tener paciencia y explicar con calma que la percepción de su interlocutor se encuentra en las antípodas de ser acertada. Le cuenta que el color rojizo-rosado de su cara y cuello no es un síntoma de salud o de tomar el sol sino de que su organismo no para de liberar histamina, de reaccionar ante cualquier sustancia que los demás toleran a corto plazo. Es por esa razón que se pone cómo una zanahoria nada más llegar a la ciudad y su color se vuelve al instante más pálido una vez que se encuentra en lugares más sanos…en el pueblo, por ejemplo.

 

Nuestro enfermo conoce perfectamente que sus palabras caerán en saco roto. Todos solemos sentir estremecimiento, lástima y empatía al ver una persona con una gran herida abierta, o a otra que le falta un brazo o una pierna. Somos comprensivos con alguien que sufre un cáncer porqué a estas alturas ¿Quién es lo bastante estúpido o cruel cómo para no empatizar con la gravedad que supone padecer un cáncer? Ahora bien, nos podemos olvidar de que una buena proporción de nuestros vecinos, conocidos, familiares o amigos sepan y quieran comprender lo que significa tener una artritis reumatoide, o cualquier otra enfermedad orgánica y sistémica “invisible” que no suponga sangrar por los poros o cosas por el estilo ¿Por qué?

 

Imagino que la selección natural no provocó que la especie humana desarrollará evolutivamente ninguna adaptación innata con el fin de reaccionar con empatía, sensibilidad y solidaridad ante estos problemas de salud. Así pues, cómo la presión de la selección natural no comportó que hubiera individuos humanos con un tipo de respuesta en ese sentido, en una sociedad primitiva, ignorante sobre temas médicos, sería razonablemente comprensible una falta de empatía, sensibilidad y solidaridad ante un enfermo de esta clase. La pregunta clave es ¿Qué provoca que, en una civilización avanzada, sofisticada y compleja capaz de comunicarse a distancia con un móvil o un ordenador, o buscar y acceder a información sobre cualquier cosa (inclusive la fibromialgia, el síndrome de fatiga crónica u otras patologías estigmatizadas), sea común un comportamiento frívolamente cruel respecto a esta clase de enfermos?

 

En una sociedad en la que se educa primando y premiando la competencia y la individualización más radicales, resulta más cómodo para el egoísmo del individuo pensar que los enfermos que no se desangran son unos cuentistas y unos aprovechados. La gente suele enfrentarse a según que tragedias ajenas, a veces, sin pararse a pensar en su comportamiento o en lo que sienten los afectados, y responden de formas inhumanas porque la crueldad ilimitada es otro atributo más de nuestra especie (que se lo pregunten a los palestinos sino es así). Existe un tipo de persona maquiavélica que comienza la conversación con un enfermo de fibromialgia preguntando − ¿Cómo te encuentras? – y acto seguido escuchan dos palabras e interrumpen al enfermo soltando sus arengas venenosas típicas del que no sabe ni quiere saber. Hablo de la clásica respuesta indignante que sueltan: − Bueno, todo el mundo tiene algo −…¿ALGO? ¿ALGO? Desde luego, ellos lo que no tienen es materia gris.

 

La paciencia de muchos enfermos se acaba en el momento en que han contado no hasta cien sino hasta un millón. Cuando han soportado comentarios insensibles y cretinos de centenares de personas con una actitud lamentable respecto a sus problemas de salud. Quizá en ese momento, se hagan una pregunta cómo esta ¿Acaso estamos obligados a pasar por alto a seres vivos con apariencia de personas que cagan por la boca?


Este post se publica el día antes de los Santos Inocentes porqué la industria, la culpable de tragedias cómo esta, ni es santa ni inocente. Dedicado a todos los enfermos de fibromialgia, síndrome de fatiga crónica, sensibilidad química múltiple, electrohipersensibilidad, artritis reumatoides y la larga lista de enfermedades invisibles.


domingo, 7 de mayo de 2023

EL CANCER ES EMOCIONAL

 

Gran parte de la superficie de la depresión del Ebro en Lleida, el mayor secarral de Catalunya, se transformó en regadío permitiéndose todavía el derroche del riego por inundación en grandes parcelas de frutales. Se hizo gracias al desvío de agua que tendría que llegar al Delta del Ebro mediante inversiones millonarias públicas decididas por la clase política, en beneficio del lucro de unos pocos bolsillos. El turismo de la monstruosidad del regadío nos lo promocionan anualmente en la televisión pública catalana (TV3), enseñándonos esas vastas extensiones de monocultivo industrial en flor, cómo si tuviéramos que celebrar y aplaudir el horror. El contrapunto es el Delta del Ebro, la segunda zona húmeda en importancia del mediterráneo occidental, que es ahora un páramo seco. Poco más o menos, lo mismo pasa en Doñana y otros tantos humedales y áreas de secano. Es la lógica española: desecar las áreas ricas en agua para malgastarla en las áridas.

Mientras tanto, nuestros paisajes ibéricos, antaño exuberantes de riqueza biológica, se van transformando poco a poco en los desérticos y subdesérticos del Magreb.

 

…Llevo treinta y cinco años enseñando una asignatura que se llama Psiconeuroinmunoendocrinología. Aunque parezca un trabalenguas, esta ciencia estudia cómo nuestras emociones, o nuestros pensamientos, que acaban generando emociones, influyen en el sistema inmunitario. Si estamos tristes o estresados, por ejemplo, producimos en nuestro cerebro moléculas que llegan a las células inmunitarias, y estas empiezan a funcionar peor, ya no nos defienden adecuadamente. En cambio, cuando estamos contentos, sucede lo contrario. Mónica de la Fuente del Rey.

Psicosomática concluyo. Juan José Millás.

¡Claro! continúa ella, ¡es que la mente no está separada del cuerpo! Todas nuestras emociones, mucho más que lo que comas o la actividad física que realices, van a regular nuestra inmunidad y por tanto influyen en nuestra salud. Mónica de la Fuente del Rey.

Entoncespregunto ¿Qué hay que hacer para mantenerse en forma? Juan José Millás.

Yo soy bastante mala en el tema de la dieta porque me encanta comer y creo que como más de lo debido. No tengo tiempo para hacer ejercicio, aunque intento ir a andando a todas partes y estoy muy activa, pero lo que más procuro es no perder el estado de ánimo, o decaer. A veces cuesta, pero hago todos los esfuerzos posibles porqué sé que es lo que más va a determinar que no envejezca tan deprisa. Mónica de la Fuente del Rey.

 

Millás, Juan José & Arsuaga, Juan Luís. 2022. La muerte contada por un sapiens a un neandertal. Alfaguara.

 

El primer libro del dueto Millás-Arsuaga lo encontré bien equilibrado y altamente recomendable. Lograba divulgar de forma amena sobre aspectos científicos complejos, acerca de la especie humana y la evolución, confrontándolo con otras especies. Mantenía, en general, la objetividad y el rigor, exceptuando algunas aseveraciones que no eran ciertas, o cuanto menos, eran dudosas. En este sentido, cabe aclarar que aquello de que la teoría de la mente se circunscribe exclusivamente a la especie humana es cada vez más incierto.

 

La teoría de la mente es la capacidad que tiene un ser vivo de interpretar lo que piensa o pretende hacer otro ser vivo. De esta forma se explota el potencial de manipularlo o actuar en beneficio propio debido a dicha ventaja cognitiva. Pues bien, las evidencias científicas publicadas sugieren que otras especies, de aves y mamíferos, cuentan también con dicha habilidad cognitiva.

 

Respecto al segundo libro, voy acercándome al final y, sí, hay contenidos interesantes y partes entretenidas, especialmente al principio y hacía el final, pero encuentro que los autores se centran demasiado en ellos mismos para mí gusto y algunas secciones las encuentro repetitivas. Además, siendo el hilo conductor del libro la muerte y, en un segundo plano, la salud, echo en falta alusiones a la contaminación.

 

Es respetable evitar este tema complejo y conflictivo; no es esto lo que más me cabrea. El mosqueo me vino al llegar a la página 189 y encontrarme con el texto que reseño al inicio. Encuentro inadecuado que Mónica de la Fuente, una investigadora y catedrática de la Universidad Complutense de Madrid, llegue a emitir verdades absolutas tan genéricas con semejante seguridad sobre aspectos de los que ni siquiera existen fundamentos científicos a los que agarrarse con firmeza.

 

La carencia de datos y publicaciones irrefutables en los que basarse en este sentido es algo que Mónica conoce bien, así que en el momento de leer el párrafo me atraganté. Lo admito, eran palabras suculentas a escala populista ¿A quién no le gusta leer algo así? Pero en ciencia no es de recibo convertir opiniones en certeza.

 

La figura de Mónica atrajo mí atención después de leer su intervención en el libro y me puse a comprobar hasta qué punto se trataba de un lapsus puntual de la catedrática, o bien era una línea de discurso bien definida, meditada y medida.

 

Mónica de la Fuente del Rey

Os decía que era catedrática de la Universidad Complutense de Madrid:

https://www.ucm.es/fisiologia-animal-ii/directorio/?id=119

Además, tiene una larga lista de publicaciones científicas:

https://produccioncientifica.ucm.es/investigadores/140875/publicaciones?agrTipoPublicacion=ARTICLE

Tal vez en un tiempo me ponga a leer en profundidad alguno de sus artículos científicos, me pica un interés sano. Sin embargo, por ahora, me interesaba ver su faceta de divulgadora dirigida al gran público. A eso voy y para ello os reseño unas pocas entrevistas que le han hecho. Bajo cada referencia añado un comentario mío sobre el contenido. Pensad que cuenta con bastantes más intervenciones mediáticas, aunque el contenido es más o menos el mismo que el que incluyo aquí. Allá voy:

 

Raquel Rivera. 18-03-11. Mónica de la Fuente “Somos viejos desde los 18 años”. La Opinión de Málaga.

https://www.laopiniondemalaga.es/malaga/2011/03/18/monica-fuente-viejos-18-anos-28898536.html

Asocia felicidad a longevidad, y tristeza con infecciones. Asegura que existan más probabilidades de que un tumor controlado empeore debido a una etapa triste de la vida.

 

Mónica G. Salomone. 02-04-07. Mónica de la Fuente del Rey, catedrática de Fisiología de la Universidad Complutense de Madrid. Consumer (Eroski).

 

En esta entrevista relaciona una depresión o la pérdida de una persona querida con una mayor probabilidad de sufrir una infección o un cáncer.

 

Luis Marchal. 19-06-08. Apagón emocional. Diario ADN; Universidad de Granada.

https://canal.ugr.es/prensa-y-comunicacion/medios-digitales/adnes/apagon-emocional/

http://newcanalugr.ugr.es/wp-content/uploads/2008/06/pdf14471.pdf

 

Según determinados profesionales de la medicina hay personas que mueren en poco tiempo porqué ya no quieren vivir y no por qué exista alguna causa física. A esta historia que no se sustenta en evidencias científicas se le bautizó cómo el Síndrome del Apagón Emocional. Respecto a este síndrome, Mónica de la Fuente, en este artículo, lo atribuía con seguridad a un desajuste cerebral debido a la pérdida de ilusión y motivación que a su vez causaba que las defensas no defendieran de nada al que lo sufría.

 

Ana Portolés. 12-11-15. Como vivir hasta los 120 años. Crónica Global.

https://cronicaglobal.elespanol.com/vida/como-vivir-hasta-los-120-anos_28205_102.html

 

En esta entrevista relaciona tristeza con corta longevidad, cáncer con viudos, y depresión y ansiedad con menor eficacia de las vacunas y mayor duración de las enfermedades.

 

¿Cuál es el secreto para vivir más y mejor? Farmapremium

https://mobile.farmapremium.es/articulos/secreto-vivir-mejor-entrevista-monica-la-fuente

 

Repite los discursos anteriores…cómo nuevo, afirma que los dulces y comidas preparadas también van bien para generar defensas ¡Olé!

 

¿El hambre proporciona felicidad o tristeza extrema? Según sus palabras, en los países africanos donde la hambruna es alta deduzco que debería existir una mortalidad por cáncer exagerada, mucho mayor que en los más países occidentalizados y contaminados donde la gente come todos los días. Va a ser que es al revés. Siguiendo sus razonamientos, cada guerra habría venido acompañada de un tremendo índice de mortalidad por cáncer debido a la ansiedad, el estrés, el hambre y el resto de las calamidades derivadas.

 

Los datos científicos lo que realmente demuestran es que el riesgo de morir por cáncer en una ciudad contaminada es muchísimo más elevado (abrumador) que en un pueblecito alejado de fuentes contaminantes, rodeado de bosques. Así, por ejemplo, el riesgo de un hombre de Sta. Perpetua de Mogoda de morir por cáncer de vías respiratorias se encuentra un 19% por encima de la media española, el de uno de Montcada y Reixac un 40%, frente al 25% por debajo de la media en Ribes de Freser, un pueblecito del Pirineo Catalán. Estos datos, extraídos del Atlas de Mortalidad por Cáncer y Otras Causas en España, 1978-1992 (López-Absente et al., 2001) los tenéis publicados en un post del 30 de octubre de 2019:

 

El cáncer en Barcelona, el Vallés, Catalunya y España

https://perroverdeweb.blogspot.com/2019/10/hacealgunos-anos-perdi-una-persona-muy.html?m=0

 

¿Son las personas que viven en ciudades contaminadas unos tristes y deprimidos en comparación con las de pueblecitos con un ambiente saludable? Siguiendo las declaraciones de Mónica, para justificar esas diferencias estadísticas de mortalidad por cáncer tendrían que existir una barbaridad de personas con trastornos psicológicos en ciudades…y digo yo que, paralelamente, se daría una alta tasa de mortalidad por suicidio que explicara el alto índice de cáncer. No es el caso.

 

Respecto a la relación que establecía ella entre ansiedad y depresión y una menor eficacia de las vacunas, es más que dudosa. Este año se ha publicado una investigación que demuestra una asociación entre la contaminación atmosférica y una menor respuesta a las vacunas del COVID. El enlace al trabajo entero os lo dejo a continuación:

 

Kogevinas M, Karachaliou M, Espinosa A et al. 2023. Long-term exposure to air pollution 1 and COVID-19 vaccine antibody response in a general population cohort (COVICAT Study, Catalonia). Environmental Health Perspectiveshttps://doi.org/10.1289/EHP11989

 

Hay también un post de tipo más divulgativo sobre la investigación en este enlace de ISGlobal:

https://www.isglobal.org/-/la-contaminacion-se-asocia-con-una-menor-respuesta-a-las-vacunas-covid-19

 

Previamente, el año 2022, los investigadores de ISGlobal probaron una relación entre contaminación y la incidencia del COVID:

https://www.isglobal.org/healthisglobal/-/custom-blog-portlet/los-vinculos-entre-la-contaminacion-del-aire-y-la-covid-19/3098670/0

 

Sólo aporto un par de los muchos ejemplos de investigaciones que profundizan en la relación entre el sistema de defensas, infecciones y contaminación, aprovechando un tema (el COVID) que fue radiante actualidad hasta hace poco.

 

Espero que en el futuro la terapia principal en el tratamiento o prevención del cáncer, o cualquier patología de origen físico, no sea enviarte a ver payasos al circo…

 

Este es el camino

Se observan determinados discursos simpáticos a oídos de los poderes macroeconómicos y es por eso por lo que salen a la palestra. La culpa del incremento del cáncer y la larga batería de enfermedades emergentes que se ha demostrado con creces que están asociadas a la contaminación (inclusive la de la industria agroalimentaria) nos dicen que es de que estamos deprimidos y con ansiedad. Tampoco es esta una estrategia nueva.

 

Ya cuando la guerra del tabaco en Estados Unidos las empresas tabacaleras pagaron a investigadores (de psiquiatría, psicología y etc.) por la puerta de atrás con el fin de que publicaran supuestas investigaciones en las que relacionaban las patologías isquémicas de los fumadores con un patrón de conducta tipo C (gente con problemas de conducta, ansiedad, depresión, etc.). De esta forma pretendían confundir a la opinión pública, a científicos, y a los mismos tribunales, intentando hacer creer que los fumadores no enfermaban por fumar sino por culpa de su patrón de conducta (ya sabéis, el mantra de la culpa es del ciudadano y no de la empresa).

 

Afortunadamente, aquel intento de poco les sirvió puesto que se acabó descubriendo todo el pastel…a pesar de la afición por el baile egipcio de aquellos investigadores lo cierto es que el tabaco con sus centenares de aditivos artificiales provoca accidentes isquémicos y cáncer. Desgraciadamente, siendo el entredicho de la comunidad científica, algún que otro aficionado al baile egipcio siguió desempeñando la misma función: defender a las empresas.

Todavía, en nuestros tiempos, hay quien intenta asociar el cáncer con un patrón de conducta de tipo C…buscad y veréis. Después de décadas y cientos de artículos científicos que demuestran la acción de los contaminantes sobre nuestra salud, en oposición, el poder ha ido creando y/o favoreciendo las palabras que pretenden crear dudas y convencer de que la culpa es nuestra, por acomplejados, tristes, estresados y deprimidos con ansiedad, y yo que se más. Frente a tal gremio, otros investigadores, utilizando la CIENCIA en mayúsculas, se dedican a desmantelar la especulación y aportar luz. De muestra, este botón:

Ahn, H. K. , Bae, J. H., Ahn, H. Y. y Hwang, I.C. 2016. Risk of cancer among patients with depressive disorder: a metaanalysis and implicationsPsycho-Oncology, 25(12), 1393-1399.


Este trabajo es una revisión de artículos científicos que se han ido publicando en relación con el riesgo de padecer cáncer por parte de enfermos con depresión. Los autores, basándose en esos artículos, concluyen que sufrir una depresión no incrementa el riesgo de desarrollar un cáncer.

 

Debe ser casualidad que, en ciudades con cifras récord de contaminación y enfermedades derivadas de esta, surjan personajes públicos con proyección mediática dándole cancha a unas causas que no se ajustan a las evidencias científicas publicadas. Sería un avance que por cada uno de esos discursos hubieran 100 más que dijeran lo contrario en público…aunque eso, más que ayudar a conseguir fuentes económicas con las que investigar y aumentar los beneficios económicos personales, viene a ser cómo ahorcarse en la plaza del pueblo.

 

La ciencia no tiene que ver con creencias personales, credos o con la especulación y el Mago de Oz. Tiene que ver con números, con lo que se puede demostrar o está demostrado y lo que no, pero también es verdad que se requieren fondos económicos para investigar y publicar. Y los premiados brillan y los castigados malviven en la oscuridad, en catacumbas con telarañas.

 

El pensamiento mágico

Ahora toca dar un giro de fantasía y después volveremos al mundo físico. Las religiones animistas son aquellas que otorgan personalidad, alma, a cualquier ser vivo, objeto, astro, paisaje, etc. En este grupo estarían las que rinden culto al dios Sol, a una montaña, a la lluvia, al rio, etc. Son típicos cultos de sociedades poco avanzadas en las que se brinda homenaje, o incluso sacrificios, a una o varias divinidades sin que estas ejerzan una labor moralizante. Las religiones animistas, al ser rudimentarias, no incorporan un código de conducta rígido dictado por las divinidades.

 

A medida que una sociedad avanza en complejidad surgen las religiones con un dios moralizante (el superpoli que todo lo ve y te castiga) que dicta un código ético de comportamiento (los pecados y etc.). Es lo que pusieron de manifiesto unos investigadores en este artículo:

 

Whitehouse et al. 2019. Complex societies precede moralizing gods throughout world history. Nature, 568.

https://www.nature.com/articles/s41586-019-1043-4

 

En los países occidentales la sofisticación de la sociedad y la culturización, entre las últimas décadas del siglo y la actualidad, ha dado lugar a que muchos ciudadanos hayan sustituido la mentalidad y ética religiosa por una concepción del mundo y de los hechos más científica. Han interiorizado que los fenómenos, de la naturaleza y del universo al completo, tienen una explicación objetiva y racional y no es necesario recurrir a la metafísica.

 

A pesar de tal evolución cultural asistimos a un rebrote de la conciencia espiritual, de un misticismo extraño, una necesidad de aferrarse a las ideas fantasiosas y falsas, alejadas de la ciencia, disfrazadas de alternativas y contestarias, y abrillantadas mediante matices pseudocientíficos. Viene a ser una huida de la realidad, una tabla de salvación para los momentos en que es demasiado negra para aceptarla.

 

La paradoja ha querido que semejante ideario se consolide, sobre todo, precisamente, gracias a las nuevas formas de comunicación (redes sociales y etc.) creadas, no por arte de magia, por la tecnología y la ciencia. Estos, relativamente recientes, medios nacidos de la tecnología y la ciencia se han convertido en plataformas ideales con las que difundir masivamente y sin freno historias esotéricas, metafísicas y similares que de otra forma no gozarían de apenas éxito e impacto social.

 

De aquellos barros, estos lodos

Hace cómo un mes, estando en el barrio de Mas Costa de Sta. Perpetua de Mogoda, me vi envuelto en una de esas conversaciones en las que, a toro pasado, me prometí a mí mismo esquivar en lo sucesivo.

 

Hablaba con unas personas que conozco bien poco y surgió el tema de la fibromialgia y el síndrome de la fatiga crónica. Rápidamente, una mujer farmacéutica (según informó ella) relacionó estas enfermedades con el hecho de saber gestionar las emociones. Al salir por esta tangente, me tocó la fibra. Con paciencia, le expliqué que estas patologías tienen un origen físico y que, por lo tanto, su aparición no guarda relación con estar triste o contento. Le remarqué que al ser aproximadamente el 80% de los enfermos mujeres, la desinformación provoca que se les estigmatice asociando su enfermedad a un problema emocional, a una raíz psicogénica, debido al machismo aún existente en la medicina y en la sociedad al completo. Acto seguido puntualicé que, siguiendo tal lógica, sería equiparable decir que el cáncer tiene un origen emocional. Un enfermo de cáncer puede estar bajo de ánimos o pillar una depresión debido al sufrimiento físico, al igual que una enferma de fibromialgia y/o síndrome de fatiga crónica cómo consecuencia de su enfermedad física podrá también tener un decaimiento y padecer efectos psicológicos, dependiendo del grado que alcance su patología FÍSICA. Es, pues, el estado psicológico en estos casos una consecuencia y no una causa.

 

Acto seguido, la farmacéutica, ni corta ni perezosa, afirmó que el cáncer provenía de las emociones. Lo más sorprendente es que había en el círculo de personas una enfermera del Hospital Clínic de Barcelona que se unió a la farmacéutica y armó una defensa radical de esa tesis, concluyendo que todas las enfermedades provenían de las emociones y del estado psicológico de la persona. La enfermera añadió que ella, además, había superado precisamente un cáncer y por eso sabía de lo que hablaba. Sus palabras no admitían interpretación, era tan claras cómo el agua.

 

Me quedé atónito, con una sensación de irrealidad absoluta. Recordé la cínica cita de Mark Twain “Nunca tengas una batalla de ingenio con una persona desarmada”. Claro que, en esta situación, era yo el desarmado por falta de fantasía y libertad creativa. De nada sirvió sacar a relucir datos científicos e investigadores puesto que ellas jugaban en otra liga.

 

Mientras caminaba, tras el baño de realidad, dado que esas dos personas habían cursado una carrera de ciencias y no de teología, me preguntaba ¿Cómo podían haberla superado? ¿Por qué estudiaron una carrera de ciencias? ¿De qué forma una enfermera de un hospital universitario llega a mantenerse en ese puesto teniendo esas creencias tan férreamente opuestas a lo que establece el conocimiento científico sobre la salud y el funcionamiento del cuerpo humano? ¿Quién la había formado? ¿Habría otros profesionales de instancias superiores del mundo de la salud que pensaran así y actuaran en consecuencia?

 

Por supuesto, también se me apareció una inquietud que se contesta sola ¿Acudió la enfermera al oncólogo cuando sufrió el cáncer o se curó con meditación, las piedras de las energías, o psicoanálisis? Quién no cree en hadas, sabe certeramente que utilizó los servicios de oncología.

 

Propagar que una mala gestión de las emociones origina las enfermedades físicas incorpora un matiz hasta perverso. Se estigmatiza a la persona, se le dice que la culpa de estar enfermo es suya y se contribuye así a su sufrimiento. Por añadidura, se le falta al respeto al paciente. Con respecto al cáncer, el concepto alcanza dimensiones mayúsculas por la crueldad de la enfermedad y su prevalencia. Todos hemos perdido personas queridas por esta lacra y pone de mala leche escuchar según que sandeces.

 

Aún existe otra connotación más peligrosa de la corriente que pretender explicar cualquier enfermedad física, dolencia o síntoma mediante el estado emocional, el estrés y demás: el diagnóstico erróneo y la incorrecta asistencia sanitaria ¿Cuántas mujeres que llegan con un infarto en marcha a urgencias se les manda para casa con un ansiolítico? Me entero de casos vergonzosos regularmente.

 

Esta semana llegó a mis oídos la muerte de una mujer de 40 y pocos años que acudía una y otra vez a la sanidad pública con dolores de cabeza. Le decían que era el estrés y estuvo de baja largo tiempo, sin que remitieran sus síntomas. Meses después, muy tarde, se supo que tenía un tumor en el cerebro y metástasis. Murió sin demasiadas opciones, aquí, en el primer tercer mundo.

 

Los unicornios rosas

Al hilo del post, casualmente días después de la trifulca anterior, vi la noticia sobre la médica y monja Teresa Forcades. Fue absuelta por una jueza de Manresa de la denuncia que el Colegio de Médicos de Barcelona (COMB) había interpuesto, argumentando el Colegio que había recetado medicamentos prohibidos y otros remedios fraudulentos para curar el cáncer y otras patologías. El COMB, por su parte, la ha acabado inhabilitando durante 18 meses para ejercer la medicina, debido a que divulgó las propiedades del clorito de sodio.

 

Los desesperados son fáciles de engañar y captar con información fraudulenta falta de rigor, y juega en su contra la seguridad que aporta la actitud de un desalmado o de un temerario. A algunos desalmados les guía el afán de sacar pasta a los enfermos de cáncer, u otros problemas de salud, con pocas o ningunas opciones de cura. Es gravísimo que fallezcan personas que hasta tenían opciones de curarse y al recurrir a terapias falsas en exclusivo, no salieron adelante. Otras veces, más que con un desalmado, los enfermos topan con un temerario o un mitómano. El desenlace es el mismo: conlleva un mal para el enfermo.

 

En el saco de los falsos remedios milagrosos se encuentra el clorito de sodio. El clorito de sodio es un producto químico empleado en la limpieza industrial que está prohibido por la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios para el uso en personas.

 

Al final se trata del mismo trasfondo, de vendernos la moto apoyándose en la espiritualidad y la fantasía, y no en la ciencia. Es negacionismo de lo objetivable, de la realidad; un comportamiento inmaduro e infantil. En esta corriente se han colado, aprovechando el rebrote de gente desesperada ante la negritud de su futuro y el incremento exponencial de enfermedades asociadas a la contaminación, otros actores.

 

Proliferan los que nos cuentan que estamos fatal de la cabeza y las emociones. Hay una oleada televisiva y mediática global adoctrinante que intenta convencernos. Según ellos, la mayoría sufrimos problemas mentales y estamos deprimidos y estresados. Es la respuesta del poder ante el apabullante incremento sin precedentes de enfermedades emergentes de origen físico relacionadas con la contaminación. Los colaboradores habituales del poder, los políticos, contribuyen saliendo al escenario público a dar fe del engaño. Tenemos que sonreír para no enfermar.

 

Ojo. Una cosa es la falta de recursos en la atención sanitaria de los enfermos mentales y personas con trastornos psicológicos puntuales o duraderos, un problema derivado de la gestión política. Y otra historia, muy distinta, es que pretendan hacernos creer que la mayoría estamos mal de salud mental.

 

La gente trabajaba entre la postguerra y la transición seis días a la semana (incluso siete) de sol a sol, sin vacaciones, sufriendo calamidades sin calzado ni ropa adecuada, sin saber que iban a poder comer de cena y si podrían alimentar a sus hijos al día siguiente, si la burra sobreviviría al invierno y un sinfín infinito de adversidades (incluidas las meteorológicas). Vivían sin ningún tipo de seguridad o tranquilidad, sin sanidad pública ni medicinas hasta en momentos en que morir de enfermedades comunes era normal, hasta comidos por pulgas, liendres, piojos y chinches, sin asistencia social, temiendo que alguien les denunciara por rojos en cualquier momento…siguiendo los rollos psicogénicos y psicosomáticos, casi todos deberían haber desarrollado una demencia sin retorno ya a los 12, 20, 30, 40 o 50 años, o muerto de cáncer o una infección severa.

 

A los que fabulan, cuando desarrollaran un cáncer, más que operarlos o mandarlos a quimioterapia y radioterapia habría que decirles “¿No preferís ir a buscar unicornios rosas con un poquito de ácido lisérgico? Sonreíd y veréis cómo os curáis.”