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domingo, 3 de mayo de 2020

Los disruptores hormonales (VI)


La evaluación toxicológica de las sustancias
Inicio la entrada con esta imagen para que cojáis aire. Venga, ahora ya podéis sumergiros en la parte desagradable de la realidad.
Antes de que una sustancia se pueda emplear de forma legal a escala comercial debe pasar una evaluación toxicológica. No obstante, que una sustancia haya pasado ese trámite y sea legal, no implica que sea inocua para la salud. Frecuentemente, el discurso de los políticos o de las gentes relacionadas con intereses industriales determinados es escudarse en que tal cosa o tal otra es legal, o que un contaminante se encuentra dentro de los límites legales…como si la ley fuera un tótem incontestable, cuando en realidad no es así en muchas circunstancias relacionadas con la salud o con otras temáticas.
Hagamos un repaso tipo Barrio Sésamo: 
LEGAL no es siempre = BUENO
y a menudo LEGAL = MALO
Hecha esta aclaración introductoria, entro en materia…
La evaluación toxicológica de las sustancias pasa por el estudio en laboratorio exponiendo a ellas a animales, mayormente ratas y conejos. Uno de los indicadores de toxicidad utilizados para la evaluación es el DL50: la dosis letal que causaría la muerte en el 50% de los animales que han sido expuestos en el estudio de laboratorio. Así que las dosis de esa sustancia que quedan por debajo de la concentración estudiada se considerarían aptas (pág. 42-43 de Silvestre 2017).
Como bien apunta Silvestre (2017) que no mate a la otra mitad de los animales expuestos, no quiere decir que no les haya causado grandes problemas de salud. Por otro lado, lo que se conocería serían los efectos mortales a corto plazo, durante el tiempo que haya durado el experimento en cuestión.
Aún existiría una reflexión más antes de profundizar más en la evaluación toxicológica. Cuando se publican estudios acerca de los problemas ocasionados por los disruptores hormonales en animales, los abogados del diablo alegan que no se conoce que pasa en humanos. En esta misma tesitura, también dándole la vuelta a la tortilla, cabría preguntarse:
¿Por qué se permiten entonces los usos comerciales de las sustancias si sólo se han llevado a cabo experimentos en animales?
Dejaré esta pregunta en el aire y proseguiremos con otros aspectos. En la UE la evaluación la hacen las empresas que quieren comercializar la sustancia, las que quieren registrarla legalmente. En contraposición, en USA es un organismo del gobierno quién se encarga de llevar a cabo la evaluación.
A ver, si uno quiere hacer trampa, ambos sistemas pueden ser igual de válidos. Y en eso coinciden. El prólogo de John Pete Myers (Olea 2019), un histórico pionero en la denuncia, aviso e investigación del problema de los disruptores hormonales, es otro argumentario del por qué vamos mal. En las páginas 18-19 denuncia que los métodos de evaluación de los organismos reguladores a nivel mundial están atrasados, son de hace décadas atrás y no tienen en cuenta las particularidades que son bien conocidas por la ciencia desde hace tiempo sobre el funcionamiento de las hormonas en el cuerpo humano y en el de otros seres vivos.
Para comenzar, tal y como aclara Olea (2019) en la página 123, las hormonas naturales se presentan en una proporción ínfima en el torrente sanguíneo, en picogramos o nanogramos (entre una billonésima y una milmillonésima parte de 1 gramo). Y los disruptores, igual que las hormonas naturales, son capaces de actuar a concentraciones muy bajas.
Por otro lado, como introducía al principio con aquello del DL50, en toxicología se emplea el criterio de a mayor dosis mayor efecto y a menor dosis menor efecto (relación lineal entre dosis y efecto). Efectivamente, se prueba una sustancia a diferentes dosis con el objeto de comprobar si hay o no un efecto perjudicial, y se va bajando la dosis hasta que el efecto desaparece, estableciéndose que esa es la dosis segura para la salud humana.
A priori parece muy lógico
¿NO?
¿Qué falla entonces?
Pues que este planteamiento no es válido en relación al funcionamiento de las hormonas. Las hormonas naturales suelen presentar con frecuencia una respuesta no lineal en forma de letra U (tanto para arriba como una U invertida). Es decir, que si hiciéramos un gráfico, el efecto (la respuesta) descendería si desciende la dosis de hormona y podría casi hasta desaparecer restringiendo la dosis a una cierta cantidad para volver a subir el efecto si se recortará todavía más la dosis de la hormona. En resumen, las dosis bajas pueden causar un impacto más fuerte que las dosis altas (Rhomberg & Goodman 2012; Vandenberg et al. 2012). Suena un tanto rocambolesco para los que no somos estudiosos del tema, pero es así como funciona. Os he añadido un gráfico-ejemplo esquemático a continuación; espero que con él el concepto sea más entendible.

Ejemplo de un tipo de respuesta en U. En el eje horizontal vemos que con una dosis de 4 a 8 el efecto de la sustancia casi seria 0 (en el eje vertical), aumentando hasta 60 si la dosis fuera de 1 o de 11.
¿Y qué pasa con los disruptores hormonales?
Pues que la relación puede también ser no lineal. Este hecho debiera ser considerado antes de certificar que una sustancia no tendrá efecto sobre la salud a una dosis determinada (p. ejemplo, a dosis inferiores a la que se observaba la desaparición del efecto).
Además, las hormonas en una dosis alta pueden desencadenar una respuesta en las células y en una dosis baja la contraria. Olea (2019) usa el ejemplo del tamoxifeno en la página 19. A dosis bajas el tamoxifeno consigue que se active un gen que estimula el crecimiento del tumor de mama y subiendo la dosis unas 1000 veces por encima se logra que se active otro gen que detiene el crecimiento celular del tumor de mama. Continua Olea (2019) diciendo que este aspecto habitual en la mecánica de hormonas y disruptores hormonales no es considerado por las evaluaciones toxicológicas obligadas antes de registrar una sustancia.
Otro hecho curioso es que la toxicología mundial que se dedica a regular las sustancias químicas no considera más de dos residuos en conjunto, sino que se dedica a abordar de forma individual cada sustancia.
¿Qué pasaría si una sustancia química por separado no ocasionara graves problemas pero al interactuar con otras creara la debacle?
Existen suficientes evidencias científicas publicadas que ponen de relieve el efecto combinado de múltiples químicos sobre la salud humana (pág. 90, 91 y 94, en Olea 2019) y parece que este hecho no hay ningún estudio científico que lo haya desmentido. Es decir, la comunidad científica tiene interiorizado que es así y ya no es raro que aparezcan artículos científicos describiéndolo.
Teniendo en cuenta la exposición regular al cóctel de contaminantes modernos e históricos (¿recordáis el DDT?) que sufrimos los ciudadanos, en aumento, no parece demasiado bienintencionada esa forma de proceder de contemplar sistemáticamente la evaluación toxicológica o epidemiológica de un contaminante solamente siempre por separado… igual pasa con los demás aspectos que he ido exponiendo.
Cuando un estudio o una evaluación científica se plantean con un sesgo importante de partida, viene a ser como tirar unos dados trucados que solamente tienen caras con un 5 o un 6. Una sustancia puede superar un test de toxicología, incluso quizás se demuestre en un artículo científico poco profundo o “amable” que no es nociva, pero a la larga, la ciencia en palabras mayores (no la del test de evaluación toxicológica previo a la legalización de la sustancia) no es raro que demuestre lo contrario con estudios de calidad, bien detallados, con unas metodologías exigentes, etc. Lo malo de la película es que hasta que se prohíba esa sustancia, habrá habido muchos afectados y depende de la persistencia del químico, seguirá habiéndolos durante décadas después.
Un ejemplo de los muchos sobre las consecuencias de la actuación “alegre” de gobiernos y ciencia referente a los peligros que inciden en nuestra salud se encuentra en los bifenilos policlorados (PCBs). Nos cuenta y denuncia Olea (2019) que allá por el año 1939 ya se contaba con pruebas del perjuicio de los PCBs sobre la salud humana. Las pruebas aumentaron con el paso de las décadas, se conocieron los efectos y como se producían, pero hasta los años 90s no se prohibieron los PCBs. Por en medio, 50 años de inacción de gobiernos y demás, y el resultado: los PCBs forman parte de la grasa corporal de cada uno de nosotros.
Los PCBs tienen una tremenda facilidad de expansión, de llegar a todos los rincones, hasta lugares tan recónditos y alejados de las fuentes de emisión como el ártico canadiense. Actualmente, se conoce que tanto las personas como los animales del ártico canadiense están afectados por la exposición a los PCBs. Los daños en humanos: sobre el desarrollo neurológico, la función tiroidea, la calidad seminal, la audición, cáncer, etc. Y lo peor ¿Cómo eliminamos ahora los PCBs de los seres vivos que nos comemos o del medio físico (aire, agua, tierra)? Son parte de la herencia que dejamos para las próximas generaciones.
¿La ciencia y los políticos nos protegen y mejoran nuestras vidas?
¿Es posible que muchos científicos puedan estar muy a la que saltan cuando alguien publica algo conflictivo para ciertos importantes intereses económicos de unos pocos, y quizá no sientan ningún reparo en saltar a la yugular para ponerlo en duda?
Y, en contraposición
¿Puede que los mismos científicos no sientan tanto arrojo y virulencia a la hora de atacar las sustancias para las que hay suficientes evidencias de que no son inocuas, o que se han validado como seguras de formas más que criticables desde un punto de vista científico?
Después de años de ver el postureo científico conservador (que no conservacionista) en el mundo de la naturaleza y observar solamente algún susurro crítico, me asombra y reconforta ver como en las ciencias de la salud al menos existen ciertos profesionales comprometidos con un activismo de denuncia sólido, basado en el conocimiento científico y las EVIDENCIAS CIENTÍFICAS. 
Olea (2019) relata diferentes ejemplos de actitud inadecuada desde el mundo científico. Uno de los que me dejó sorprendido es el del Bisfenol A en los empastes y composites para caries, y la reacción airada de profesionales y demás en contra de la publicación científica donde se señalaba este problema.
En definitiva, cuando medito en todo el tinglado global después de haber leído estas últimas semanas tantas señales de alarma y evidencias científicas dispares de primer nivel, no puedo más que preguntarme:
¿Qué calificativo jurídico merecen tal inacción de las administraciones lideradas por políticos irresponsables y la ambición carente de responsabilidad civil de quiénes venden productos nocivos para la salud y el medio ambiente?
No controlo de términos jurídicos. Quizá la tecnocracia exime de delitos de lesiones por imprudencia, o de homicidio involuntario, o de crimen contra la humanidad. Sea como fuere, a mí no me valen excusas del tipo:
  •    Es legal.
  •    No está totalmente comprobado que sea nociva tal sustancia (La eterna siembra de la incertidumbre al respecto).

¿Recordáis aquello del principio de precaución?
Lo encontraréis en la entrada de este blog titulada “El 5G”, del 21 de enero de 2020.
Como en otros hechos históricos, porqué el de los disruptores hormonales ya es un CLÁSICO del siglo XX y XXI, que algo tan grande y negativo opere a estos niveles sobre las vidas de millones de personas se necesitan muchos culpables. Es un sistema que funciona con muchas piezas y quizá la especie humana no haya vivido antes algo creado por ella y que afecte a toda la humanidad de la forma en la que los contaminantes ambientales lo están haciendo. Veamos a continuación un ejemplo histórico, a mucha menor escala de impacto sobre número de vidas y en persistencia temporal: la Alemania nazi.
La Alemania nazi estaba integrada por millones de personas: unos eran los que exterminaban a los judíos en los campos de concentración, otros los que los habían transportado hasta allí, otros los habían apresado, otros hacían tareas administrativas, etc. Y por encima, en la cúspide, estaban los ideólogos, los diseñadores del gran lavado de cerebro dirigido a la masa social, los directores del cotarro. Cuando acabó la guerra, los de abajo se quedaban de piedra cuando se les juzgaba por lo que habían hecho, ellos no eran conscientes de ser culpables de nada. Habían seguido directrices y toda esa atrocidad inhumana cometida se había asumido con normalidad en la época en que duró el salvajismo. En realidad, todos fueron culpables de un sistema asesino, unos más que otros, PERO TODOS FUERON CULPABLES…por acción u omisión, lo permitieron y formaron parte de esa maquinaria.
Difundir este tipo de problemas, luchar contra la corriente que nos está masacrando, es responsabilidad de todos, de unos más que de otros, por supuesto. Los que están en el frente de la batalla, viendo como las enfermedades y el sufrimiento aumentan de una forma inédita, tendrían que estar dando consejos a los pacientes con el fin de evitar los disruptores hormonales, haciendo pedagogía desde la trinchera.
Pero, al fin y al cabo, nuestros padres nos dijeron tantas veces “no te metas en follones” que mirar hacia otro lado o correr un “estúpido” velo es casi como un reflejo instintivo. 
La autoexcusa siempre acude en ayuda de la debilidad del individuo.
Meterse en follones significa por ejemplo promover y luchar para que se hagan las pruebas adecuadas, conseguir una regulación de las sustancias acorde con las necesidades de la salud, eliminar del mercado los disruptores hormonales.
Pete Myers en la pág. 20 (Olea 2019) esgrime que de hacerse las evaluaciones como se debiera, entonces la dosis segura de bisfenol A se establecería en unas 20.000 veces menos que la actual como mínimo, según CLARITY-BPA, y esto representaría casi que el fin de la utilización del bisfenol A en muchos de los usos habituales actualmente. Myers concreta que años atrás el bisfenol A movía 700.000 dolares por hora en ingresos a escala mundial…
¿Captáis por donde va el tema?
Os dejo aquí debajo un enlace por si queréis profundizar en el National CLARITY-BPA Program del U.S. Department of Health and Human Services.

El bisfenol A nos rodea cada día, nos impregna la piel y forma parte de nuestra dieta diaria: tíquets de caja, cajas de cartón de comida rápida (pizzas, hamburguesas, etc.), vasos para bebidas calientes, bolsas de palomitas para microondas, botellas de plástico, latas de conserva, productos de policarbonato, mobiliario, resinas EPOXI (coches, bicis, pinturas, pegatinas, electricidad y electrónica, arte, etc.).
Para percibir la escala, la potencia del problema, recordemos un párrafo de la entrada Los disruptores hormonales (II):
Unos 20 años atrás había unos 140.000 compuestos químicos creados por la civilización humana, más unos 1000 nuevos que se añadían por año, según el inventario de la Agencia Estadounidense del Medio Ambiente (pág. 355 en Olea 2019). Ya bien entrados en el siglo XXI, a las sustancias químicas ya declaradas se suman cada año unas 5000 nuevas más en la Unión Europea (Silvestre 2017).
El punto final a esta serie de contenidos dedicados a los disruptores hormonales se acerca. El próximo capítulo estará destinado a las alternativas, y a lo largo del final de la serie os adelanto que por fin acabaremos tocando las enfermedades de la sensibilización central y también los enfoques de algún que otro periodista, junto a un ejemplo de la sanidad pública.
En definitiva, diferentes trazos dibujados por una disparidad de artistas que, casualidad o no, dan lugar a un paisaje carente del ajuste fiel a la realidad conocida.
Merece la pena seguir añadiendo luz a las sombras
¿NO?
Bibliografía
Olea, N. 2019. Libérate de tóxicos. RBA Libros, S. A. Barcelona.
Rhomberg LR, Goodman JE. 2012. Low-dose effects and nonmonotonic dose-responses of endocrine disrupting chemicals: has the case been made? Regulat. Toxicol. Pharmacol., 64.
Silvestre, E. 2017. Tu casa sin tóxicos. RBA Libros S. A.
Vandenberg LN, Colborn T, Hayes TB, Heindel JJ, Jacobs DR, Jr., Lee DH, et al. 2012. Hormones and endocrine-disrupting chemicals: low-dose effects and nonmonotonic dose responses. Endocr. Rev., 33.

domingo, 12 de abril de 2020

Los disruptores hormonales (III)


La diabetes, la resistencia a la insulina y la obesidad

La diabetes (tipo 1 y 2) y la obesidad serán la mayor causa de muerte en el año 2030 (Mathers & Loncar 2006).
Es innegable la tendencia de los individuos en el mundo occidental a pesar más que hace dos o tres décadas atrás, aunque la actividad física y la ingesta calórica sean iguales (Brown et al. 2016). Efectivamente, el auge moderno de la obesidad no es explicable solamente teniendo en cuenta la ingesta de calorías (la dieta) y el sedentarismo (la falta de actividad física), y es bien conocida su relación con una serie de sustancias químicas que pueden provocarlo (Papalou et al. 2019).
No quisiera que sirviera de excusa para inflarnos de churros, bollería industrial, carnes y grasas, servir de estructura para que las arañas tejan sus telas en el sofá…y después echarle toda la culpa de las lorzas, el colesterol y el azúcar a las sustancias químicas.
¿Ok?
Hay que comer equilibrado y sano, pero eso también incluye minimizar la presencia de los disruptores en la comida y la bebida.
El incremento de la obesidad y la enfermedad metabólica está correlacionada y se solapa con la generación de disruptores hormonales y la extensión de su uso (Baillie-Hamilton 2002; Neel & Sargis 2011). Los disruptores hormonales se asocian con el aumento del riesgo de padecer diabetes y obesidad y aquí os pongo dos de los culpables para los que se han publicado más evidencias científicas en este sentido.
  •      Bisfenol A (Aeplakorn et al. 2015; Ahmadkhaniha et al. 2014; Alonso-Magdalena et al.      2006; Batista et al. 2012; Sabanyagam et al. 2013; Shankar & Teppala 2011; Stahlhut et al. 2009; Sun et al. 2014).
  •     Ftalatos (James-Todd et al. 2012 y 2016; Lind et al. 2012; Kim et al. 2013; Smerieri et al. 2015; Sun et al. 2014; Stahlhut et al. 2007).

Aparte del bisfenol A y los ftalatos, hay otros disruptores hormonales capaces de hacernos engordar mediante su efecto en el organismo. A todas estas sustancias químicas se les llama obesógenos; por poneros otros ejemplos: DDT, PFAS/PFOA (perfluoralquilos; sartenes), TBT (tributilo de estaño; se utiliza en barcos y barquitos), etc.
En total, se conocen unos 20 químicos ambientales capaces de actuar como obesógenos (Papalou et al. 2019). Pensad en las combinaciones, la amplia utilización (estamos rodeados) y en que la lista sigue creciendo…el progreso nunca para.
Los mecanismos, el como pueden lograr provocarnos problemas de salud, es motivo de profundo y complejo estudio. La bioquímica no es para nada fácil y menos cuando no se puede experimentar, lógicamente, de forma "oficial" y "alegremente" en humanos. 
Ahora es cuando toca hablar de la homeostasis energética. La homeostasis energética es un mecanismo de nuestro cuerpo que mantiene un equilibrio entre la ingesta de alimentos (materia prima para fabricar la energía) y el gasto de energía…durante las Navidades este equilibrio no funciona nada bien, sin que haya relación demostrada con los disruptores.
Para que funcione bien la homeostasis energética diferentes jugadores deben actuar coordinadamente: el hígado, el páncreas, el tejido adiposo, el cerebro, el intestino y la glándula tiroidea.
Si el defensa le pasa la pelota al portero mientras este bosteza, quizá le marque un gol en propia puerta.
Los deportes de equipo requieren una sintonía, una coordinación.
De forma que tenemos varios jugadores donde los disruptores podrían actuar y provocar una enfermedad metabólica relacionada con la homeostasis energética. Papalou et al. (2019) llevaron a cabo un trabajo de revisión y síntesis de los mecanismos a través de los que esto sería factible teniendo en cuenta los diferentes “jugadores”, y para quien quiera saber más, es de descarga gratuita. Descrito por la ciencia, está.
La exposición a ciertos obesógenos durante las fases sensibles del desarrollo (p. ej. del embrión) podría dar lugar a la obesidad en niños y adolescentes (pág. 306-307 en Olea 2019). No es que esos químicos alteren la estructura del ADN y produzcan una mutación que de lugar a una obesidad en el futuro, sino que pueden variar la expresión del ADN en cuanto al desarrollo de las células grasas en las siguientes generaciones.
Son lo que se denominan cambios epigenéticos, cambios en la expresión de los genes.
¿Cuántas veces oímos hablar de que si la abuela, el padre, el tio tuvieron el mismo problema de salud?
Algunas veces la culpa de una patología podría atribuirse a los genes pero otras puede que el mismo disruptor que actúo sobre la abuela haya pasado de su generación a las dos siguientes (hijo/a y nieta/o), altere la expresión de los genes y cause el problema de salud (epigenética).
La epigenética saldrá de lleno en próximos capítulos y entenderéis mejor todo este meollo.
Los mecanismos bioquímicos mediante los que los disruptores ejercen un efecto negativo sobre el sistema inmunitario y a su vez este provoca un problema metabólico, se han ilustrado en muchos trabajos. Para tener una idea global de ello, existe un trabajo de revisión extenso y recomendable, si tenéis paciencia y tiempo disponible que destinar a su lectura (Bansal et al. 2018, tenéis la referencia completa en el apartado de Bibliografía).
Y…¿Qué tiene que ver todo esto con la diabetes, la resistencia a la insulina o la obesidad?
La exposición a los disruptores y su relación con el estrés oxidativo y la inflamación son otro de los aspectos señalados por los investigadores. No son pocos los estudios que ponen de relieve que la exposición a los disruptores dañan la función mitocondrial en los tejidos metabólicos, como el hígado (Khan et al. 2016) y el páncreas (Jiang et al. 2014), hecho que se asocia con un incremento del estrés oxidativo (Cao & Kaufman 2014). A su vez, el estrés oxidativo puede degenerar en problemas metabólicos como la resistencia a la insulina, la diabetes y la obesidad debido a la activación de vías inflamatorias (Bansal et al. 2018).
El balance entre la anti-inflamación y la pro-inflamación es un proceso de nuestro cuerpo en el que intervienen las citoquinas (unas proteínas), y está relacionado todo ello con la homeostasis y el sistema inmunológico. Si este balance no funciona correctamente puede inducir un problema en nuestro metabolismo. La pro-inflamación es conocida que desencadena resistencia a la insulina e intolerancia a la glucosa (Bansal et al. 2018).
Existe una relación supercompleja a nivel bioquímico y celular continuamente en nuestro interior para que absolutamente todo funcione bien, y fruto de esto cualquier pequeño fallo crónico en el funcionamiento del sistema inmune, por ejemplo, comporta unas graves consecuencias. En la diabetes del tipo 1 las células T (del sistema inmunitario) protagonizan un ataque sobre las células β, las células de nuestro páncreas encargadas de segregar la insulina.
¿Recordáis aquello del juego en equipo?
En su importante publicación de revisión y síntesis, Bansal et al. (2018) remarcan que los experimentos en animales señalan que la exposición a disruptores hormonales, a lo largo de etapas cruciales del desarrollo del embarazo y la lactancia, podría repercutir negativamente en el desarrollo del sistema inmune de las crías y acabar desembocando en efectos sobre la salud a largo plazo. Adicionalmente, parte importante de los artículos que reseñan Bansal et al. (2018) en esta línea describen un desequilibrio entre las respuestas inmunes proinflamatorias y anti-inflamatorias, derivando en efectos negativos varios.
Y si esto ocurre en estudios con roedores
¿A los humanos no nos pasa nada?
Para los escépticos, cabe señalar que en estudios realizados en laboratorio en los que se exponían células humanas a Bifenilos policlorados (PCBs) y a Bisfenol A (BPA) también quedaba clara una repercusión en cuanto a la proinflamación y una relación sobre la sensibilidad a la insulina (Ariemma et al. 2016; Kadowaki et al. 2006; Valentino et al. 2013; Wang et al. 2010). Bansal et al. (2018) acaban concluyendo que la suma de evidencias científicas de estudios con células humanas in vitro indica que la exposición a disruptores se asocia al deterioro del metabolismo, la sensibilidad a la insulina y la secreción de insulina….habiendo una potencial relación con el balance de las citoquinas anti y proinflamatorias.
Yo, como gorrión común macho ¿Soy inmune a los PCBs y todas esas sustancias que lleváis utilizando durante décadas?
Pues parece que los machos de gorrión sufren una alteración a nivel estético...uno de los efectos relacionado con el sistema hormonal. A las hembras les puede afectar la homeostasis relacionada con las hormonas esteroideas (Nosse et al. 2016).
Aunque si queréis profundizar sobre efectos en aves y vertebrados en general, esta vez de los plaguicidas pertenecientes al selecto grupo de los neonicotinoides, conocidos por sus virtudes de disrupción hormonal en la fauna (abejas, entre otros)...es interesante echar un ojo a un muy potente trabajo (Gibbons et al. 2015). 
Luego escuchas en medios de información por parte de ciertas asociaciones y científicos que no se conocen las causas concretas de la desaparición de los gorriones y otras aves asociadas a ambientes agroganaderos...que hay que investigar más (insert coin) y blablabla.
Después de esta breve desconexión, sigo con el tema principal. En ratones se han llevado bastantes estudios en cuanto a las repercusiones del BPA focalizando la atención en efectos relacionados con la insulina, la glucosa, etc. Para los abogados del diablo que salgan con aquello de “pero son ratones, en humanos quizá no sea así”…en americanos adultos se encontró correlación entre la cantidad de BPA en orina y el exceso de glucosa en sangre (hiperinsulinemia) y la resistencia a la insulina, especialmente en hombres (Beydoun et al. 2014).
El arsénico, contaminante típico del agua de boca “en nuestros tiempos”, puede deteriorar la secreción de insulina (Papalou et al. 2019) y estudios epidemiológicos, que son los que buscan factores asociados a los problemas de salud (lo prioritario, que no se hace cuanto se debe), encontraron un vínculo entre el arsénico y la diabetes, pero subrayando la secreción de la insulina como el problema de trasfondo más que la resistencia a la insulina (Rhee et al. 2013).
Una vez una nutricionista me dijo que el arsénico era un contaminante que se encontraba en la tierra y los alimentos de forma natural, que era mejor lavar bien los alimentos, y muy particularmente el arroz una vez cocido. Su consejo me gustó, lo que me fastidió es que no aceptara mi réplica fundamentada en relación a que los niveles altos de contaminación por arsénico no son naturales por norma general, sino propiciados por la especie humana.
¿Os suenan los plaguicidas arsenicales por ejemplo?
El uranio lo podemos encontrar de forma natural en la Tierra y eso no quiere decir que el accidente nuclear de Chernóbil fuese natural.
Ateroesclerosis cardiovascular
La ateroesclerosis cardiovascular y los problemas derivados (de corazón, trombos, enfermedad renal, ictus, etc.) son hoy en día la principal causa de mortalidad y enfermedad en el mundo entero (Roth et al. 2015).
Respecto la intervención de los disruptores hormonales en estos problemas de salud, la ciencia ha descrito que los niveles de PCBs (Policlorobifenilos) están asociados con las placas ateroescleróticas en la vejez (Lind et al. 2012).
También el Bisfenol A (BPA) se ha demostrado que está asociado a la aterosclerosis (Lind & Lind 2011; Melzer et al. 2012; Shankar et al. 2012) al igual que los ftalatos. Estas asociaciones son independientes de los factores de riesgo que sí que nos mencionan la tele y los médicos (el peso, la presión sanguínea, la actividad física, etc.)…claro, son los factores “amables” que los poderosos si aceptan que se divulguen porqué, al fin y al cabo…
la culpa de todo ¿Quién la tiene?
El ciudadano (comemos mucho, no hacemos ejercicio, fumamos, bebemos, no dormimos suficiente, etc.)
El resto, toda la mierda que permiten que se cuele en nuestro organismo, no importa.
No os perdáis la próxima entrada, dedicada a los disruptores hormonales y las enfermedades inflamatorias del intestino.
Bibliografía
Aekplakorn, W., Chailurkit, L. O. & Ongphiphadhanakul, B. 2015. Relationship of serum bisphenol A with diabetes in the Thai population, National Health Examination Survey IV, 2009J. Diabetes, 7(2).
Ahmadkhaniha, R., Mansouri, M., Yunesian, M., Omidfar, K., Jeddi, M. Z., Larijani, B., Mesdaghinia, A. & Rastkari, N. 2014. Association of urinary bisphenol a concentration with type-2 diabetes mellitusJ. Environ. Health Sci. Eng., 12(1).
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Batista, T. M., Alonso-Magdalena, P., Vieira, E., Amaral, M. E., Cederroth, C. R., Nef, S., Quesada, I., Carneiro, E. M. & Nadal, A. 2012. Short-term treatment with bisphenol-A leads to metabolic abnormalities in adult male micePLoS One, 7(3).
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James-Todd, T. M., Huang, T., Seely, E. W. & Saxena, A. R. 2016. The association between phthalates and metabolic syndrome: the National Health and Nutrition Examination Survey 2001-2010Environ. Health., 15(1).
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